A Henry Howard, y a Francis Beaumont
Una buena comunicación tengo
todos los días que me dice:
Sigue escribiendo, serás por el cielo
recompensado; y verás sus frutos, el
primero de los cuales es tu propia
salvación, ¡del alma bellísima hora!
¿Serás Tú, Jesús, o mi ángel guardián quien
me aconseja escribir salmos sabiendo
mi misión en este orbe debo cumplir?
Cuando las mundanas distracciones que
hacen pecar, y las presiones sufrir,
a la voluntad de uno ajenas, bajos
estados y emociones, oh, arrancan al
espíritu que ansía tranquilidad,
difícil es escribir concentrado;
aunque ¡bendita sea la tarea!
De Ti, Señor, viene el impulso manso,
con amorosa voluntad lo envías,
para redimirme, y yo percibo las
diversas señales en los números,
las cansadas horas, y en los pájaros
alegres con sus gorjeos dorados
diciéndome: No te distraigas, hijo,
estoy cerca de ti y siempre te ayudo.
Que en los malvados, duros corazones
en que odio abunda porque no creen en
Ti, Jesús bendito, ¡haya creencia en tu
Espíritu Santo, sólo así habrá paz!,
y el odio desterrado no hará enfrentar
a las almas hermanas de este mundo...
Tu cruz pesó, ciertamente, mucho más
que mis penosos trabajos; por eso
yo seguiré escribiendo en tanto justa
voluntad tuya hágase. Y fiel a Ti
soy y no me uno a ninguna mujer, nunca
¡Tu Amor alcanza, a Ti unirnos debemos!
No hay comentarios:
Publicar un comentario