A Juan Straubinger
¿Por qué no pensar que el vino que mis labios
saborean no es tu sangre derramada
por el perdón de nuestros pecados, sangre
de la Alianza nueva y eterna que sellaste
junto a tus doce absortos discípulos,
por la íntima cercanía de tu Deidad?
¿Acaso no bebieron de tu vid, Noé
y los reyes santos David y Salomón?
“Yo soy la vid verdadera"* en este mundo;
y así lo creo Jesús y mi viñador.
"¡Hosanna!", clamaría con una rama
de palmera, mil veces, Hijo del hombre,
entrando en Jerusalén triunfante.
Y próximo a tu rostro como el centurión
romano, abatido y de rodillas, Cristo,
te diría: ¡No soy digno, mas sálvame!
La sinagoga de Cafarnaún oyó
bien tu verdad tajante: "La carne para
nada aprovecha”. Pues aquí la tienes, y a
fe mía que debes llevártela, Rabí.
Ha de ser para mi salvación, y Tú habrás
recuperado un rebaño que se perdió.
¡Alegría en las bodas de Caná por Ti!
por el milagro del vino en las tinajas.
"No me laves sólo los pies, lávame las
manos y la cabeza",** como San Pedro
temblando por la proximidad, dichoso,
yo te pediría hicieses eso mismo.
Caería en los guijarros como Tomás
arrepentido de la incredulidad
para decirte: "¡Señor mío y Dios mío!"***
¡Tú viniste a la tierra para salvarnos!
¿Por qué entonces yo no saltaría de la
barca a fin de ir a tu encuentro a cien metros
de la costa do Tú preparas la cena
como en el cenáculo de Emaús? "Yo
estoy en el Padre y el Padre en Mí". Lo creo, Dios.
Sóplame el Espíritu de la Verdad, el
Paráclito un día de Pentecostés,
antes de que mi alma egrese del orbe.
* Juan 15, 1
** Juan 20, 29
** Juan
No hay comentarios:
Publicar un comentario