"Aprended a hacer el bien, buscad lo justo,
poned coto al opresor." Isaías 1, 17
¡Oh, Sión Celeste, Divino Encanto!, ensueño
loco de mis postreros días; Morada
que desean tus criaturas, porque allí
está el placer glorioso de estar Contigo;
los ojos de mi espíritu te empiezan a
vislumbrar entre blancos refucilos que
alumbran mi alma por las noches, mi Señor;
si Dios quiere yo estaré muy cerca de ti.
¡Omnipotente Padre que me has creado!,
aunque jamás odié yo en este mundo, sé
que la más triste y vil acción que puede hacer
un hombre es odiar; pues el alma sin amor
no vive feliz; y el odio es sentimiento
homicida incluso para el mismo que odia.
"Amáos los unos a los otros como
yo os he amado". Así yo lo haré hasta el final.
Mi Teología es la Santa Biblia. Y a fe
cierta mía, (que no permito declinar),
os digo que ella es la distracción buena
que ocupa mis noches en las que lo espero,
escuchando música, apartado de aquí.
Pues ya no me interesan más Sodoma, Gím,
Segor, Adamá y Gomorra ni su oropel
espurio que es una idolatría infernal.
¡Jesús!: me tocaste y me dijiste, "queda
limpio". A partir de esa regeneración
no dejé de seguir tus huellas que salvan.
Y mis mejillas arden por tantos golpes;
son pruebas que merezco por otras vidas.
Mi fe se va asemejando a la columna
de fuego que en las noches a la elegida
nación hebrea alumbraba y protegía.
"Se abrió el cielo y el Espíritu Santo sobre
Él descendió en figura corporal, como
una paloma, y una voz vino del cielo:
'Tú eres mi Hijo, el Amado; en Ti me recreo'". *
“De Dios soy Hijo”, en el pretorio ante Pilato
blasfemo, gritó Jesús; y por orden del
que se lavó las manos obtuvo crueles
azotes y la vil corona de espinas.
* San Lucas 3, 21, 22.
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