Dios me llama, oigo su voz.- dijo Moisés
a su pueblo ignorante y absorto. No me
extrañen ni se aflijan. No pequen; y
pongan orden en sus tiendas. Sepan, por
propia salvación suya, que es atea
herejía erigir objetos falsos
a inexistentes dioses cananeos,
en la tierra que leche y miel mana. *
¡Ah, oren para salir del desierto!
Debo ausentarme durante cuarenta
días. Moisés descendía del monte
Sinaí en que Dios le dictó las tablas
de la Ley, feliz, pensando que ellas al
al pueblo de Abraham, patriarca de fe,
redimirían de la idolatría.
Círculo de luz esplendente era su
rostro; y parte de esas almas de Egipto él
recuperó se asustó, y sus trémulas
falanges sumieron en la negrura
sus ojos; porque Moisés, otrora, sí,
príncipe egipcio, había visto al Padre;
y angelicado bajó del Sinaí,
luminoso. ¿ Por qué ellos se asustaron?
Porque la luz repele y espanta el mal.
Moisés rompió las tablas y las tuvo
que rehacer por la desobediencia
del pueblo que fue infiel al Altísimo.
* Éxodo 3, 8
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