Señor, he intentado llevar tu palabra
viviente a todo aquel que lleyó mis salmos.
Siento que mis alas son apedreadas
por aquellos que no perdonan, y con más
rencor arrojan saetas encendidas;
recuerdo tu sabiduría: el siervo no es
mejor que su amo. Y supongo que con esta
máxima debo vivir constantemente,
viendo cómo mi iluminado numen es
acotado por la materia manejan...
Se eclipsan las voces del estro que mira
con trascendencia y espiritualidad, cosas
del mundo inicuas que hacen daño, ¿quién si no
Tú puede cortar la suerte maldita que
nos mantiene dormidos en el pecado
feo de la ignorancia nos hizo perder?
Todo habrá sido en lontananza temporal,
ficción material, una carga que se va, y
extinta desaparece del ánima.
Quien guarde mi palabra no tendrá muerte. *
Si yo arrojo un somero intuito al día de hoy,
puedo confesarte con seguridad, mi
Jesús, hice bien las cosas, y sólo hubo
una en mi mente que aún me sigue e inquieta:
Poesía, derramar belleza, sones
armónicos, trinos etéreos para
tu gloria en esta estrofa pictórica.
¿Cuántas almas hay que no rompen el espejo
tras mirarse en él? Pues el mío está indemne.
Si no escribo más es por culpa del mundo.
* San Juan 8
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