¡Jesús, ay, soñé que estabas en mis brazos
mortales, y tiernamente te mecía
en silla como en un retiro, apartados!
Me miraba, atenta, la Virgen María.
No vi tu rostro ni tu cuerpo benditos,
amantes; mas te experimenté mi Señor,
íntimamente, en un lugar indefinido.
Cerré los ojos y en Ti hubo tierna fusión.
¿Cómo es que te redujiste para tenerte?
Si yo soy pequeño y Tú me mantienes.